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Transformación y crisis por Empar Roch

Transformación y crisis por Empar Roch
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Después de vivir durante tres años en el Monasterio Zen Luz Serena de Requena y de haber tomado los votos de monja novicia, llegó la crisis. Una crisis profunda que tambaleo los cimientos de mi propia existencia. Una crisis que me llevó a horadar en la propia miseria humana. Esa miseria que nos genera dolor y sufrimiento y de la que tratamos de huir añadiendo capas y más capas, para no ver, para no sentir y experimentar el miedo irracional que nos aterra y nos paraliza a lo largo de nuestra vida. Miedo a que nos hagan daño, miedo a lo desconocido, miedo a la muerte, miedo a la vida. Buda abrió el camino, trazó una senda por la que liberarnos de la ignorancia de nuestro propio sufrimiento, de la raíz misma de donde nace el dolor existencial que nos atrapa y condiciona en cada instante de nuestras vidas.

Han sido tres años respirando con la Sangha, formando parte de una comunidad en la que todo está estructurado para no poder escaparte de ti misma. Tres años que han transformado mi vida, a través del zazen (meditación sedente), del samu o trabajo consciente. Tres años de entrega y dedicación plena a la Vía. Tres años en los que me he visto reflejada en cada uno de los residentes con los que he compartido la vida durante todo este tiempo y que se convirtieron en mis propios maestros, ayudándome a tomar conciencia de mi propia ceguera interna.

No es fácil expresar a través de la palabra escrita la experiencia viva de la vida. No es fácil encapsular la esencia de todo lo experimentado mediante el código con el que la mente se expresa a través del pensamiento. Pero lo cierto es que en la medida en la que fui conociéndome y aceptándome, en la medida en la que fui practicando la meditación zen, compartiendo el día a día con los demás residentes, en la medida en la que fui atravesando las sutiles capas del miedo que me habían bloqueado en el pasado, fui conectando con un estado sutil, con una energía más allá del cuerpo y de la mente que me llevó a experimentar, desde lo más profundo, que estaba realmente viva, que somos la máxima expresión de la vida en sí misma, que cada instante es único e irrepetible.

 

“Tomar conciencia de lo que realmente somos es liberador”

Tomar conciencia con el cuerpo, con los huesos, con la sangre, con las vísceras, con la piel de lo que realmente somos es algo magnífico, es algo tremendamente liberador y fascinante, es algo que me ha llevado a vivir desde otro plano, desde una comprensión de mí misma y de los demás que hace que pueda aceptar las cosas tal y como son, sin juicios, sin interferencias. Somos energía en movimiento, en continua transformación de las cosas. Nada es estático, todo cambia a cada instante y cuando creía que había llegado el final de un ciclo en el que debía abandonar el monasterio, los acontecimientos se precipitaron de tal manera que regresé a él. Regresé de nuevo para apoyar a mi maestro Dokusho Villalba, para apoyar el espacio vital que permite que personas como yo, conectemos con estados sutiles de conciencia que nos llevan a vivir y a relacionarnos desde el corazón, desde un  estado de presencia en el que lo cotidiano se vuelve infinito, bello y sutil. “El camino está bajo nuestros pies” dijo un maestro zen y así es como lo siento, el camino está bajo mis pies.

 

“Fue necesaria esta crisis para darme cuenta que el único enemigo que existe está dentro de uno mismo y vive en la mente”

Fue necesario atravesar por esta profunda crisis para comprender, para tomar conciencia de que el único enemigo que existe está dentro de uno mismo y vive en la mente. Dejar de identificarse con ella, dejar de creer en sus construcciones mentales  generadoras del dolor y el sufrimiento a través del silencio, ha sido fundamental para conectar con el auténtico y liberador sentido de la vida.  Y siento que mi entrega a las tres joyas del budismo zen en las que he tomado refugio: Buda, Dharma y Sangha, se mantienen vivas porque ya forman parte de mi esencia,  del aire que cada día respiro y del mismo ADN que conforman mis células y ya no puede ser de otra manera.

Todo esto no hubiera sido posible sin un lugar como el monasterio Luz Serena y sin la perseverante entrega de un maestro como Dokusho Villalba, con el que estoy en deuda y por el que siento un profundo agradecimiento, respeto y cariño.

 

EMPAR ROCH
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