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Dokushô Villalba

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Necesitamos aprender a amar

Duro y doloroso es para el ser humano amar y no ser amado. Algunos entienden que el amor es incompatible con la libertad y el amante es un esclavo. Maestro, hábleme de amor.

No es el amor lo que conduce a la esclavitud, sino el apego, esa forma de adicción, fijación u obsesión. ¿Es posible amar sin apegos? No solo es posible, sino que no hay ninguna otra forma de amar. Si hay apego, no hay amor. O cuanto más apego haya, menos amor hay. Hemos aprendido a usar el fuego sin quemarnos -aunque algunas veces nos quemamos. De la misma forma, podemos aprender a amar sin quemarnos con el fuego del apego -aunque algunas veces nos quememos. El dominio del fuego supuso un hito en la evolución humana: usarlo para el bien, para crear, construir, cocinar. El control de la energía destructiva del fuego y su transformación en poder constructivo se haya en la base de la historia de la humanidad. El control de la energía destructiva del apego y su transformación en el poder constructivo del amor será una revolución aún mayor.

El apego acompaña siempre al deseo desordenado e inconsciente. Uno se apega al deseo mismo, a la promesa de felicidad que uno cree que va a aportarle la satisfacción del deseo. Y, si la satisfacción del deseo aporta gozo, entonces uno se apega a él. Cuando uno no puede satisfacer el deseo, experimenta la frustración, la ira, la violencia, el rechazo, el odio. Lo mismo sucede cuando la satisfacción del deseo no viene acompañada por el gozo esperado.

Necesitamos aprender a amar. Lo más seguro es que no hayamos sido amado realmente. Por eso no sabemos amar.

La dinámica del deseo-satisfacción-apego no es la misma que la del amor. El amor no espera, no pide … solo da. La necesidad interna del amor es la de expresarse y expandirse a través de la entrega y la generosidad. Dar sin esperar nada a cambio. Dar, darse es la forma como se expresa el amor. En el budismo zen se dice: “dar sin tener en cuanta al que da, sin tener en cuenta lo que se da, sin tener en cuanta a quien se da”. Esta es la marca del amor. ¿Utopía idealista? Puede ser. Pero lo contrario es dolor y sufrimiento.

En el budismo, el amor no es sólo un sentimiento, sino un estado de conciencia, una forma de ser y de estar en la existencia.

 

Se adentró en el mar. La tormenta amenazaba con llegar. Las olas azotaban su cuerpo desnudo y las lágrimas fundían la tristeza con el lobo que aullaba dentro.  Maestro, ¿qué hay del miedo?

El miedo es  la expresión emocional del instinto de protección. Cumple una función positiva en la vida de todo ser vivo. El problema es cuando este instinto se vuelve disfuncional y se activa automáticamente sin razón real. Los miedos vividos en la infancia, debidos a situaciones reales que pusieron en peligro nuestra integridad física, emocional o psicológica, se anquilosan convirtiéndose en traumas. Después, en la vida adulta, se reactivan en situaciones que nos “recuerdan” las vividas, pero que no representan ningún peligro real. Esto es, respondemos al presente siguiendo modelos anquilosados del pasado.

Por otra parte, hay un miedo psicológico que es inherente a la autoconciencia, a la conciencia de yo, a la autoimagen. Mayor conciencia de ego, mayor miedo. El yo es una muralla mental que construimos para sentirnos seguros dentro. Todo lo que intente atravesar esa muralla nos causa miedo. Paradójicamente, las misma murallas que nos protejen se convierten en los muros de la prisión en la que nos afixiamos y angustiamos.

El miedo es un movimiento emocional y energético de contracción, de repliegue sobre sí. Desde este punto de vista es lo contrario al amor, el cual es un movimiento de expansión, de apertura hacia el otro y hacia lo otro. Una vida equilibrada debe comportar un ritmo armómico entre la contracción y la expansión, como en el caso de la sístoles y la diástoles del corazón. Es decir, necesitamos una cierta dosis de miedo en equilibrio con una cierta dosis de amor.

Pero finalmente, la raíz de todos los miedos es el miedo a la muerte, a la desaparición del yo, a la propia desaparición. Es natural que cada ser proteja su existencia. Este es el instinto de conservación. Pero también es natural aceptar el fin de la propia existencia, como hacen los animales cuando sienten que el momento de morir ha llegado. Nosotros, los humanos, nos revolvemos como gatos panza arriba contra la muerte y la vivimos como una derrota de la vida cuando,, en realidad, la muerte es la culminación natural de la vida.

 

“La belleza es la contemplación y el reconocimiento de la armonía inherente a la realidad”

 

Alguien no muere si sigue en mi recuerdo, pero la vida encierra la misteriosa dualidad de vivir a la vez que morir. Maestro, hábleme de la muerte, hábleme de la vida…

Los seres humanos hemos desarrollados muchas estrategias psicológicas para negar la existencia de la muerte: la creencia en una vida mas allá, la esperanza de la reencarnación, cualquier form de inmortalidad, la gloria, etc. o lo que tú dices: “que alguien no muere si sigue en tu recuerdo”. Pero lo cierto y lo evidente es que la existencia individual –lo que somos en tanto que cuerpomente individual-  tiene un final. Recordar a alguien que ha fallecido no quiere decir que esa persona siga viva. Lo que sigue vivo es el recuerdo que tú tienes de ella. Pero tú también morirás. Y contigo morirá ese recuerdo. Esto es, la muerte es inevitable. Buda enseñó: “Todo lo que comienza, acaba. Todo lo que nace, muere”. Gran parte de nuestro dolor y sufrimiento tiene como causa el hecho de no aceptar la realidad tal y como es. Soñamos como eterno lo que es efímero. Queremos hacer permanente lo que, por su propia naturaleza, es impermanente. La vida es la realidad total cuando la vida está presente. La muerte es la realidad total cuando la muerte está presente. La vida es muerte y la muerte es vida. La vida es vidamuerte y la muerte es muertevida, así, junta e inseparablemente. La cultura occidental lleva muchos siglos atrapada en la percepción que surge del pensamiento dualista: to be or not to be, como expresó Shakespeare en su Hamlet. Desde el punto de vista de una percepción no dualista, somos y no somos al mismo. Como dijo Heráclito, nunca somos lo mismo ni el mismo o la misma. En palabras de Heidegger, “somos un siendo”. Y ‘siendo’ significa llegar a ser al mismo tiempo que dejar de ser. Este preciso instante en el que estamos siendo ahora ya no existe. Ha dejado de ser para convertirse en el instante siguiente. Si tratas de pensar sobre ello, ya se ha ido. Si tratamos de atraparlo, solo encontramos humo entre las manos.

El asunto central, aquí también, es el ego, esa entelequia mental que nos hace creer que, cuando estamos vivo, ‘tenemos’ vida, y que cuando morimos, la perdemos. Nadie ‘tiene’ vida. Nadie puede poseer la vida. Somos vida, pero la vida es mucho más que este pequeño cuerpo, -este saco de carne, piel y huesos. La vida nos trasciende como el océano trasciende las olas que aparecen y desaparecen en su seno. La única forma de superar el miedo a la muerte consiste en arrojarse con valor al océano de la vidamuerte, viviendo cuando es el tiempo de vivir y muriendo cuando es el tiempo de morir.

 

Miro su fotografía y respiro. Oxigena y dulcifica con su mirada mi frecuente y ansiosa búsqueda de belleza. Entonces la vida se hace solemne e importante, el árbol se vuelve árbol y la vida, vida. ¿Es esto el Arte?

El Arte es una vía de conocimiento, un camino de despertar. Todo artista –y todos los somos en potencia- debe ser necesariamente un gran observador de la realidad, ya sea la realidad interna o la externa. El estado contemplativo es inherente al arte verdadero. En la contemplación, el sujeto se funde en el objeto y ambos desaparecen en otra dimensión de la realidad. La belleza no es un código estético condicionado por los gustos o los prejuicios seculares, sino un estremecimiento del espíritu que aparece cuando nos entregamos por completo al océano de la realidad. Por eso el verdadero arte es intemporal, surge de una dimensión más allá del tiempo y tiene el poder de conducirnos más allá del tiempo. El anhelo de belleza es también anhelo de verdad, de conocimiento, y anhelo de amor, entendido como el estado de no-dualidad por excelencia. Cuando el estremecimiento que produce la experiencia de la belleza es reducido a una simple excitación provocada por unos determinados cánones estéticos condicionados por las modas cambiantes, el arte muere y en su lugar, aparece una estética frívola y superficial que no nutre ni sacia nuestro anhelo de belleza. Por eso las modas estéticas son tan cambiantes: no producen satisfacción verdadera y deben ser rápidamente cambiadas.

La belleza es la contemplación y el reconocimiento de la armonía inherente a la realidad. Todo está entrelazado con todo. Existe un orden implícito por detrás de las apariencias. La contemplación y la toma de conciencia de este orden es la fuente del éxtasis y del pleno gozo.

 

Pablo Neruda escribió:

Para que nada nos separe, que no nos una nada,

Pero mi cuerpo siempre te conocerá,
mi pensamiento siempre te recordará,
cada canción, imagen u olor
a mí te traerá.

¿Qué sucede con el apego, Maestro?

 

El apego es la fuente del dolor y del sufrimiento. Desde el punto de vista de la experiencia budista es un tóxico que enrarece la conciencia clara de ser. Junto al rechazo y a la ignorancia, constituyen los tres venenos, las tres raíces de todos los estados aflictivos. Los tres actúan juntos, aunque sea uno u otro el que se manifieste según las circunstancias.

Puesto que somos un siendo, es decir, un proceso en continua transformación, no podemos bañarnos dos veces en el mismo agua del río. En primer lugar porque el agua fluye y nunca es la misma; y en segundo lugar porque nosotros mismos somos un proceso en continua transformación. No podemos detener la corriente del agua de la vida ni en nosotros mismo ni en los demás. El intento ciego de hacerlo es la acción propia del apego, intento fallido en todos los casos. De ahí que su resultado no pueda ser otro que el dolor y el sufrimiento.

La raíz de todos los apegos es el apego al yo, es decir, la identificación con una autoimagen. Esta autoimagen es de naturaleza mental, una creacion de la mente ilusoria. ¿Quién o qué soy yo? Cualquier respuesta intelectual a esta pregunta no es más que un concepto, una etiqueta, una categoría mental. Sin embargo, la vida real que soy es esto que está siendo en este preciso momento. Y esto no puede ser congelado en una foto fija: es un flujo vivo, sin forma rígida, que cambia de un instante al otro. Lo mismo sucede con los demás. Cuando encontramos a alguien a quien amamos y que nos ama, pretendemos congelarnos a nosotros mismos, congelar al otro, congelar la situación. Los productos congelados conservan su forma pero pierden su vitalidad. No hay nada más volátil que los sentimientos, como mariposas que aparecen y desaparecen, ahora están y ahora ya no están.

Los seres humanos seguimos teniendo un temor ancestral a la incertidumbre. No hemos interiorizado ni aceptado nuestra fragilidad. Anhelamos seguridad, permanencia, solidez, inmortalidad. Pero por naturaleza propia, la existencia es incierta. Nuestra existencia es el producto de un sinnúmero de factores condicionantes. Basta la aparición o la desaparición de uno de ellos para que nuestra existencia individual colapse y muera. Un simple virus microscópico puede matarnos.

El apego parece prometernos permanencia pero, en realidad, es un toxico que mata la vitalidad del momento presente. Y finalmente, el momento presente es el único instante en el que verderamente somos.

Una entrevista de Ana Quintana

Dokushô Villalba

 

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